lunes, 22 de enero de 2018

La revolución permanente

Puigdemont interpreta un doble papel, el simbólico y solemne de presidente de la Generalitat en el exilio (avatar nada infrecuente en el cargo) equiparable a un general Degaulle encabezando la France combattante que aquí sería Catalunya resistent: y también el de líder de un movimiento político que se hace notar en múltiples aspectos de la vida pública, muchas veces de forma inesperada, como una especie de Pimpinela Escarlata. La dignidad de la representación va unida al ingenio, la flexibilidad de la acción.

Esta nueva peripecia de Puigdemont tiene suspenso el ánimo del personal en todos los estamentos y juzgados de guardia. Cunden los nervios ante la incertidumbre que se genera. La información es tan precisa que parece fabricada: un vuelo de Ryanair Bruselas (06:55)-Copenhague (08:35). Supongo que estará contrastada con la lista de pasajeros. y habría que preguntarse si esa lista es pública o el dato lo ha dado el entorno de Puigdemont. Sobre todo porque, al parecer, no se descarta que el exiliado errante alcance Dinamarca por algún otro medio.  Lo cual tampoco querría decir mucho. Una nueva euroorden llevará su tramitación y, caso de aceptarse y llegar a tiempo, al no estar registrada la vuelta del MHP, habrá que vigilar todas las posibles salidas aéreas, terrestres y marítimas. Pimpinela/Degaulle.

En el ínterin, el Zeus olímpico monclovita del 155 lanza sus rayos contra los rebeldes catalanes. Nada de investir a Puigdemont por vía presencial, telemática o espiritista. Ya no es cuestión de legalidad o no legalidad, dado que no hay ley contraria a la investidura telemática; es cuestión del 155, es decir, de la voluntad de Rajoy a quien, como a Rivera y a Sánchez, el personaje se le ha atragantado. Porque representa justo lo que a ellos les falta: la acción política por convicciones con notable riesgo personal en todos los órdenes. 

El B155 quiere la cabeza de Puigdemont en una pica. Cosa absurda porque, aunque la consiguieran, lo que es poco probable, no adelantarían nada. El independentismo tiene más puigdemonts. Nacen en su  mayoría absoluta parlamentaria. Rajoy amenaza con prolongar el 155. Lleva haciéndolo desde la noche del 21D. Para resultar más jupiterino avisa de que esta vez será más duro y más largo y de que cuenta con el apoyo del PSOE y C's. Va, además, a degüello: se invoca un veto sobre la actividad del Parlament, una intervención de TV3 y otro tanto en el sistema educativo. 

Lo asombroso es que esta barbaridad tenga el apoyo del PSOE, C's y quizá de algunos de Podemos. Que se apoye una intensificación de una dictadura personal sobre Cataluña del presidente de un partido que tiene cuatro diputados en el Parlament y, si no yerro, un alcalde en todo el país catalán. Evidentemente ese apoyo refleja el abrumador del Congreso español del 72,5%, probablemente cercano al 90% cuando Podemos haya completado su giro nacional. Aplastante. En España. Pero minoritario en Cataluña. 

Mantener esta situación de práctica ocupación de Cataluña e intervención directa tous azimouts, esta situación de dictadura no es posible. El ejemplo que suele aducirse de los casos de direct rule británico en Irlanda del Norte no es válido porque en aquel caso se trataba de dos comunidades religiosas enfrentadas militarmente. En Cataluña no hay tal. No hay fractura ni enfrentamiento interno. Hay una mayoría simple de votantes y absoluta de representantes que quiere la independencia y así lo vienen manifestando de modo democrático y pacífico. 

Tratarlo por la vía represiva como un problema de orden público negando todo tipo de negociación política, criminalizando opciones políticas, no lleva más que a una imposible prolongación de la dictadura. Habría que volver a la situación de normalidad enunciada más arriba o convocar elecciones nuevas en la práctica seguridad de que la victoria independentista sería aun mayor.


domingo, 21 de enero de 2018

Legitimidad y eficacia

Estos de la CUP sí que hacen política; en el Parlamento y en la calle. No como Podemos que no la hace en ninguno de los dos sitios. En Cataluña, en general, se hace política; es el único lugar del Estado en que se hace. En el resto se miente, se fanfarronea, se roba, se va el personal por los cerros de Úbeda o se pone a bramar contra Cataluña al unánime grito de "¡A por ellos!".

Precisamente por eso, la política de Cataluña es complicada. La CUP se ha quedado en cuatro diputados después del 21 de diciembre; de ellos, dos son necesarios para la mayoría absoluta independentista. Pero la importancia de la organización es muy superior a la magnitud de su representación. El apoyo de los cupaires garantiza la perseverancia del objetivo estratégico, la independencia. Esa conciencia como factor de legitimación es la que permite a la CUP un tono de crítica elevado con la política institucional del bloque independentista ("el discurso de Torrent es autonomista") y sus apoyos sociales ("la ANC y Ómnium ya no movilizan a la gente"), más dura e incisiva de lo que su importancia numérica justificaría. Tras dejar claro en el primer momento que la prioridad era la República, la restauración del govern i l'investidura del seu legitim president, la CUP cumple una función casi de censor al estilo romano, vigilante del recto comportamiento de sus socios independentistas, ERC y JxC. Ambos, por su lado, reconocen esta especie de actitud admonitoria de rectitud independentista porque, de no querer hacerlo, podrían sellar una alianza con los Communs-Podem que aumentaría su margen de mayoría, pero al precio de renunciar a la independencia o, cuando menos, jugar a la ambigüedad de los últimos. Sin embargo, esa posibilidad ni se plantea: el socio natural es la CUP porque el objetivo sigue siendo la República Catalana independiente. La CUP, de minúscula representación, aporta legitimidad. Pero el bloque mayoritario indepe aporta la eficacia y ninguna puede ir separada de la otra. La pureza ideológica extrema la legitimidad hasta hacerla inoperante y la absoluta dedicación a la eficacia convierte la acción en puro oportunismo. En el fondo, los tres vértices del triángulo independentista son imprescindibles y se necesitan mutuamente. Un fallo de uno es un fallo de todos.

Ocurre como con la relación entre el movimiento y las personas. Maragall advierte de que el primero está por encima de las segundas. Sin duda alguna, pero sin olvidar al mismo tiempo la importancia que las personas -según sus circunstancias- tienen para el movimiento. Buscar un equilibrio aquí también es vital. Será difícil encontrar personas valiosas para el movimiento si el movimiento prescinde de las personas como de la muda diaria.

E igual también con la política en la calle que la CUP quiere dinamizar a través de los CDR. Por expresarlo de forma que intente resumir esta complejidad: la política de la calle, en donde, además, se demuestra inventiva, ha producido buenos resultados y los producirá mejores, pero los ataques por los que el unionismo ha reaccionado con violencia han ido dirigidos a las instituciones y la carga represiva la han padecido fundamentalmente los dos partidos, así como la injusticia están padeciéndola individual y personalmente sus miembros, encarcelados, exiliados, embargados. Aquí una buena ocasión para plantear en concreto la citada relación entre el movimiento y las personas. No consigo imaginar que el movimiento independentista abandone a quienes han dado todo por él, ignorando la máxima socrática de que más vale padecer la injusticia que infligirla.

Insisto, como la política en la calle. Quizá no sea del todo justo acusar a la ANC y Ómnium de abandonar las movilizaciones cuando tienen a sus líderes injustamente presos y llevan una ejecutoria de movilizaciones por su liberación muy apreciable.

La unidad del objetivo es incuestionable. La forma luego de colaborar en él varía lógicamente. Pero una cosa es cierta: si todos proceden de buena fe, el posible (aunque no necesariamente probable) fracaso jamás podrá atribuirse a la mala intención de alguien. Las opciones son y seguirán siendo diferentes pero, hasta la fecha, nadie ha hecho nada en detrimento del objetivo y todos han tenido que sacrificar mucho.

Que siga así, uniendo legitimidad y eficacia, el rasgo más significativo de esta revolución catalana.

Dando vueltas al atajo

Me llamó José Luis García, de lainformación.com para hablar conmigo sobre Podemos y Cataluña. Estaba escribiendo una historia sobre la formación morada con motivo de su cuarto aniversario, tema que da para mucho como ejemplo práctico del sic transit gloria mundi o de cómo no todas las leñas arden a igual velocidad. La encina dura más que el pino. Lo mismo pasa con las formaciones políticas. Algunas son como pinos, chisporrotean mucho, pero se consumen rápidamente; otras arden en silencio, pero permanecen, porque son duras, como la encina. Además, entre él y su colega, Laura Martínez, decidieron ampliar la indagación preguntando a Julio Anguita y al final les ha quedado una pieza bien guapa con dos puntos de vista que son distantes y, curiosamente, complementarios. Por eso me decido a incluir el enlace aquí: Podemos: lejos de asaltar el cielo...

Podemos ha hecho en cuatro años lo que la socialdemocracia hizo en cuarenta y el comunismo en veinte, pasar de la frase revolucionaria al hecho conservador. 

sábado, 20 de enero de 2018

No es no y sí es sí

Por fin está clara aquella confusión entre un "no" que era "sí" y un "sí" que era no. El truco era que había dos "noes": uno que era "sí" y otro que era "no" y dos "síes" igualmente escindidos. Al final cada uno de ellos ha vuelto a su esencia: no a la izquierda, no a un referéndum pactado, no a Podemos y no a una moción de censura con los independentistas, cosa que "cae por su propio peso". Sí al 155, sí a la colaboración con el PP y C's en la gestión de una unión sagrada que solo admite la posibilidad de imponerse.

El problema es cómo y a qué precio. O debiera serlo. Puigdemont tiene derecho a la investidura. Le parecerá una "broma" al PSOE o una "ilegalidad" al Gobierno y a El País, pero tiene derecho y no hay ley alguna que se lo prohíba. Solo hay la voluntad de Rajoy que, al parecer, el B155 y sus allegados están dispuestos considerar la ley. Y ese es el precio que hay que pagar por impedir, contra razón y derecho, la investidura de Puigdemont. Aceptar como ley la voluntad de un individuo que, por supuesto, representa al país ntero ante Dios y la Historia.

La actualidad española es una marmita a punto de explotar. A la esperpéntica situación creada en Cataluña a golpe del 155 se añade el alud de detritus que día a día deja la Gürtel a las puertas de Génova y La Moncloa con la regularidad con que los milkmen repartían las pints de leche por las puertas en Inglaterra. Leche agriada para el gobierno y su partido. Dictaminando en comparecencia tras consejo de ministros, el inimitable Méndez de Vigo zanja la gusanera viva de la Gürtel asegurando que es algo muy viejo y que Rajoy echó a los acusados. Se olvidó de echarse a sí mismo.

No es de extrañar. La confusión creada en la esfera pública española es de tal magnitud que ni los más competentes analistas y comentaristas aciertan ya a orientarse. El otro día encontré a uno que, presa del delirio, estaba a punto de mandar una crónica según la cual los independentistas querían investir a Pujol; Rajoy reclamaba desde Bruselas un careo con Correa; Susana Díaz sostenía haber ganado las elecciones en Cataluña; había una oferta de pacto entre la CUP, C's y los cabecillas de la operación Lezo; el CNI, a las órdenes de Arrimadas, había registrado la sede del Tribunal Supremo; la ministra de Defensa condecoraba a Cipollino y Camps inauguraba los juegos olímpicos en Madrid. Me costó mucho devolverlo a la realidad y, cada vez que lo hacía, se empeñaba en decir que su relato la mejoraba. Lo dejé mandando tuits a la Casa Blanca.

No se sabe a cuál prestar más atención de los dos espectáculos que ofrece el poder, aunque no gratis; lo que viene del poder nunca es gratis: el embrollo catalán o la basura de la corrupción. Esta última tiene mayores atractivos literarios, con personajes únicos, Camps, siempre de esquinado perfil, (a) "el curita", el "Bigotes", Correa, el héroe epónimo de la trama. Una galería fantástica. Y vengan millones, y cientos de millones, viajes, trajes, juergas. La dolce vita y mucho robo Claro que, del otro lado, tampoco se quedan cortos: Rajoy, el caudillo del 155; el triunvirato nacional Rajoy/Sánchez/Rivera y el aprendiz de brujo, Iglesias; Cospedal, la dueña del verbo; Sáenz de Santamaría, Fata Morgana catalana. Otra galería de novela entre gótica y costumbrista y vengan millones otra vez, cientos de millones, cuerpos de ejércitos en lejanas fronteras y fuerzas de seguridad en cercanos pagos y pegos. Mucho pago y mucho pego. Y más robo.

Sin embargo todo esta algarabía se aclara como por ensalmo viendo que, en el fondo, son apuestas personales. El B155 no ve manera de parar la actividad parlamentaria de la Generalitat y se concentra en la caza de la persona, Puigdemont. Frustrar la investidura de este le es un triunfo. Si, además,  pudiera encarcelarlo, tocaría el cielo con la mano. Es lógico: es un combate por la supervivencia personal. Lo ve muy bien Ignacio Varela en un artículo titulado Si Puigdemont se presenta en el Parlament, Rajoy se tiene que ir. Tratándose del coriáceo Rajoy tengo mis dudas. Siempre podrá decir que quien se presentó en el Parlamento no fue Puigdemont sino su ectoplasma. Pero añado los dos huevos duros de Groucho: también tienen que irse los otros dos triunviros, Sánchez y Rivera. 

Es una cuestión de carreras personales y se resistirán como gato panza arriba a restablecer la normalidad institucional. Prefieren seguir en la excepcionalidad del 155, esperando que los indepes se cansen, antes que reconocer que no dialogan con estos porque no tienen nada que decir, nada que ofrecer, sino el mantenimiento permanente de la confrontación.  

Y tengo para mí que esperar cansancio de los indepes es esperar verdad de Rajoy. Para ellos, además, la contienda no es personal, sino ideológica y ahí, todos ellos tienen la supervivencia política garantizada. Porque prevalece una unidad estratégica y no meramente táctica como es la de la unión sagrada. 

viernes, 19 de enero de 2018

La dictadura, el secreto y la razón de Estado

Puigdemont es el legítimo presidente de la Generalitat y, cuando, tras la ronda de consultas con los grupos, el presidente del Parlament legalmente constituido proponga un candidato, será el exiliado en Bruselas. Desde el punto de vista de los indepes se trata de una reposición, ya que el hoy candidato a la investidura no ha dejado nunca de ser el presidente legítimo. Desde el del B155 es una investidura nueva porque Puigdemont hoy es el expresidente de la Generalitat. El asunto es interesante, pero ocioso porque el gobierno pretende, según dice, impedir la investidura de Puigdemont por el método que sea. No va por el cargo; va por el hombre; por el hombre como símbolo de un pueblo. Es una cacería.

Para no aburrir con los sobrados títulos a la investidura de Puigdemont remito al lector a un espléndido artículo de Antoni Bassas que explica ese asunto y otros de este jaez maravillosamente.

Así, ¿qué razones aduce el gobierno para impedir la investidura de Puigdemont? Decía El País el otro día que el MHP "desafía la ley". Pero eso es falso porque no hay ninguna ley que prohíba a Puigdemont ser investido telemáticamente. Ya vimos que el diario llama "ley" al capricho personal de M. Rajoy a través de su interpretación del artículo 155. En España la ley es la voluntad omnímoda de M. Rajoy que se jacta de destituir gobiernos democráticamente elegidos (sic) y de cerrar parlamentos como prueba de la solidez del Estado de derecho español, una democracia fuerte, capaz de defenderse como se demuestra encarcelando primero a unos políticos pacíficos y buscando luego el modo de achacarles algún delito.

Eso es el esperpento y no la investidura telemática de Puigdemont.

La voluntad de M. Rajoy es la ley en España. Añade el susodicho dos atributos de esa ley/voluntad para que se vea su fidelidad a la doctrina de la voluntad/ley: a) es igual para todos; b) hay que cumplirla. Ambas falsas. El propio M. Rajoy y su ministra de Defensa, más conocida como anticipollino, enviaron un contingente militar a Letonia saltándose la ley que obliga a una autorización previa del Congreso. Y no es la primera vez. Está claro: no todos tienen que cumplir la ley y, además no es igual para todos pues con el mismo gobierno no reza. Esto se llama dictadura.

La dictadura ama el secreto. Por eso se ocultó el envío de tropas y se ocultó también que el coste de esta operación fue de 63 millones de euros. Igual que el coste de ese vergonzoso desastre de los piolines  costó 87 millones de euros, cosa de la que acabamos de enterarnos porque el gobierno declaró secreto el monto del coste. No hay dinero para la seguridad social, ni las pensiones, ni el desempleo, ni los dependientes, ni las escuelas, pero sí para dilapidar en secreto cientos de millones en operaciones estúpidas y/o desastrosas. Y también para seguir mangando cargando al contribuyente los miles de millones del pelotazo pepero de las radiales de Madrid para volver a privatizarlas.

No me digan que esto no es una burla sangrante, aunque sigue sin llegar al ultraje a la decencia que supone que Junqueras esté en prisión y Urdangarin en libertad.

Porque todo es secreto en la dictadura. Toda la corrupción de la dictadura ha sido y es secreta. Cifuentes no quería entregar los papeles del Canal, al otro se le perdían los expedientes incriminatorios, la Operación Cataluña, top secret estilo Mortadelo y Filemón. Todo secreto.

Del secreto se ha contagiado la judicatura. El magistrado Llarena ha abierto pieza separada en la causa contra el independentismo y la ha declarado secreta por quince días. La justicia democrática es pública. Solo por razones excepcionales y claramente motivados pueden admitirse procedimientos secretos. Puede que las partes, a las que se ha comunicado la decisión, se den por satisfechas con la explicación, si la hay; pero el público tiene también derecho a conocer por qué motivo (por genérico que sea) se abre una pieza separada secreta. ¿O es que, así como la ley en España es la voluntad de M. Rajoy, la justicia es la voluntad del juez Llarena? Los tiempos de la "justicia" secreta, los de las lettres de cachet, pasaron a la historia aunque quizá no en España. 

La histórica rivalidad entre el Tribunal Supremo y el Constitucional se nota en que este último, apuntado a la moda del secreto dictatorial, ha suspendido la comisión de investigación de la Generalitat sobre las cargas policiales del 1º de octubre. Es decir, declara secretas las cargas. Si la gente quiere informarse de lo que pasó puede visionar los cientos de vídeos sobre la violencia policial e ilustrarse con las glosas de los ministros, según los cuales, las fotos eran fakes (Dastis, de Exteriores), no demostraban que hubiera heridos de verdad (Catalá, de Justicia) y probaban que los violentos habían sido los manifestantes atacando a la policía (Zoido, de Interior).

Es un muro de desvergüenza y necedad.

Y tanta dictadura, incompetencia, secreto (con expolio), ¿a qué viene? A la última razón de Estado, Cataluña, en cuyo nombre, para cuyo fin, todo medio es bueno, como enseña la doctrina jesuita.  Y todo es todo.

Por eso, porque hemos llegado hasta aquí en el destrozo provocado por esta manga de incompetentes corruptos y nacionalcatólicos, es urgente laa vuelta a la normalidad institucional: retirada del 155, restablecimiento del gobierno legítimo de la Generalitat y dimisión de un presidente de un gobierno que ha sido una verdadera plaga para el Estado.

Y de la izquierda española mejor es no hablar.

jueves, 18 de enero de 2018

Triunfo de la política

Con el Parlament constituido legalmente, se abre la XIIª legislatura de la Comunidad Autónoma de Catalunya o la Constituyente de la República Catalana. Así están las cosas. Cuál haya de prevalecer al final dependerá de la capacidad de los actores políticos ahora que el conflicto (tan claro y nítido como siempre) se ventila en el lugar que le corresponde, en sede parlamentaria. Ahí lo ha situado la mayoría de los votantes catalanes el pasado 21 de diciembre; en el terreno político, de donde nunca debió salir. Una decisión que tiene una sola interpretación: el rechazo al intento del B155 de derivarlo por la vía represiva, judicial, carcelaria. 

Es el triunfo de la política democrática, parlamentaria, frente al ordeno y mando de la dictadura y la represión del 155. Es una ocasión única para restablecer la normalidad en el funcionamiento de las instituciones. 

Por eso, lo mejor que puede hacer el señor M. Rajoy es reconocer de una vez aquel resultado y retirar la parafernalia de medidas represivas que ha adoptado para absolutamente nada, salvo para empeorar las cosas y confirmar en el extranjero la creciente convicción de que España no es un Estado de derecho. Esto es, levantar el 155 ipso facto, retirar todas las acusaciones por motivos políticos, anular las medidas represivas que se hayan tomado, restituir a los damnificados si los ha habido en sus intereses. Volver a la normalidad. (Y, de paso, dimitir a la vista del monumental escándalo que los tribunales están descubriendo de cómo este país está gobernado por una banda de presuntos -y no tan presuntos- malhechores dedicados a esquilmarlo). La normalidad, al menos en cualquier país civilizado.

El siguiente paso de este Parlament legal será votar la investidura del presidente. Ya sabemos que se propondrá a Puigdemont. Lo lógico será que, provisto de las suficientes garantías jurídicas, pueda este ser investido presencialmente. De prevalecer la sinrazón del 155, esto es, la voluntad omnímoda del caudillo M. Rajoy, habrá de serlo por medios telemáticos. La negativa a aceptarlo, a su vez, trata de retrotraer la cuestión a los tiempos prepolíticos, los judiciales, con la intención de interrumpir el procés nuevamente por la fuerza. 

Pero ahora hay un Parlament con un claro objetivo de restituir el gobierno legítimo de la Generalitat. Y eso cambia la situación que se ha convertido en política. El Parlament encontrará la forma de alcanzar su objetivo en el doble plano de lo simbólico y lo eficiente y trabajar por la construcción de la República Catalana. Eso lo pondrá en curso de renovado conflicto con el Estado español que, o bien se decide a convertir a Cataluña en una especie de protectorado bajo ocupación más o menos militar, o reconoce de una vez el resultado de las elecciones y deja de poner trabas a la constitución del govern con Puigdemont de presidente. 

De ese modo la Generalitat funcionará con normalidad. A todos en España interesa conocer cuál sea el programa de gobierno del candidato investido. A la Monarquía, desde luego, pero también al gobierno, a los partidos políticos, la patronal, los sindicatos, la Iglesia y la gente en general. 

Esto es, se trata de escuchar qué es lo que los catalanes tienen que decir. Como elemental paso previo a formular una o varias respuestas que puedan acabar en algún tipo de decisión pactada. 

Si acaso.